Tránsito

Me gustaría decirle a ese niño que vive bajo las faldas de su madre que las rodillas están para saltar pero también para caerse, que las heridas se hacen postillas y las postillas cicatrices y las cicatrices recuerdos de un balón mal parado. Que el miedo no te amilane las piernas, que los grandes son cobardes y siempre hay calle para correr. Que disfrutes de tu infancia, de la arena de la playa, de las sábanas recién planchadas y hasta del miedo a la oscuridad, porque la sombra de tu padre te espantará cualquier fantasma. Que sigas creyendo que los goles en el patio del colegio valen una copa del mundo, que los camellos se beben el agua, que puedes tapar el sol con un dedo y que tus dientes son el tesoro de un ratón.

Me gustaría decirle a ese chaval que no encontrará nunca mejor consuelo que los brazos de su padre, que parecen gélidos y se abren poco pero que en su refugio el más recio temporal se hace llovizna de verano. Que a veces es mejor remontar la corriente y no dejarse llevar, que las aguas mansas son caldo de tiburones y las bravas se quiebran con dos asaltos. No conviertas tus entrañas en coraza inexpugnable que las chicas no se aman en silencio y hombre cobarde no conquista mujer bonita. Aquella que suspira por el ombligo de la luna te beberá los vientos hasta que tu mala sangre y tu puta estirpe le dejen seca la garganta, y aunque su recuerdo te parezca ahora de frente marchita, cinco años no es nada y ojalá volver.

Me gustaría decirle al hombre que ya peina canas que tu padre es un antihéroe con la capa llena de balazos, un coloso de cimientos machacados que erosionado por el tiempo y por el vino suplica por la mano tendida que nunca tendió. Y aunque durante muchos años os creísteis más que el verbo de uno y la palabra del otro, firma la paz y déjale marchar con ella. Honra a tus muertos en vida que los cementerios son tránsito de malas conciencias y las flores, excusas de mal pagador. Te haces viejo y los días son de arena que se escapan y las noches no te cuentan ni los sueños. Si el futuro te pinta con dientes afilados, deshaz el camino andado y borra cada huella que te hace tambalear. Que su melena se mece sobre otras manos, que su cuerpo se retuerce sobre otras piernas, que sus labios susurran otros oídos, que sus ojos verdes ya tienen a quien mirar.

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Charlie Hebdo, ser o no ser.

La mayoría, que no los buenos ni los que tienen necesariamente la razón, coinciden en beatificar a los periodistas de Charlie Hebdo como los últimos martines de la libertad de expresión y la libertad de prensa. Es justo, se han ganado una lápida en el cementerio de los valientes y disentir de que una palabra, por muy tosca que sea, nunca merece ser acallada por una bala, es irracional e inhumano. Especialmente llamativo ha sido el apoyo casi unánime que ha recibido de la prensa estadounidense. De haberse editado allí, Charlie Hebdo hubiera sido acusada de incitar al odio y muy probablemente clausurada. Noam Chomsky dice que EE.UU es el país que más protege la libertad de expresión. Y es cierto, pero su conciencia luterana y remilgada es un escollo insalvable para los outsiders que pretenden ir más allá de lo políticamente correcto y lo tradicionalmente americano.

Sin embargo, a medida que han pasado las horas y las portadas de Charlie Hebdo (desconocidas, salvo las de Mahoma, para el público no francés) han sido difundidas, ha surgido una corriente discrepante con la santificación de los que a juicio de algunos, cruzaron de la provocación al insulto. Inmersos en una campaña occidental contra el terror que ha señalado al Islam como el nuevo enemigo común, las portadas de la revista, en las que se ridiculiza a los musulmanes como lúmpenes anclados a un dogma de fe susceptibles de la inmolación, es para algunos una interpretación  que coloca una diana a quienes ya tienen una pistola apuntándoles a la cabeza. Puede que la sátira de la revista francesa haya servido para estigmatizar aún más a ciertas minorías sociales ya de por si oprimidas. Y es aquí cuando la broma puede convertirse en burla y la carcajada en combustible para la maquinaria de la opresión. Quizás sea buen momento para reflexionar sobre los límites de la libertad de expresión cuando, en lugar de ser una herramienta de construcción masiva, se transforma en un conducto para verter la mancha que señala a esos que no son de los nuestros.

Es los países democráticos, y a riesgo de ser tachado de supremacista occidental, a este lado de la civilización, la sátira, la caricatura, el trazo gordo, son aceptados como la necesidad vital de que alguien diga por nosotros lo que pensamos pero no nos atrevemos a decir. Quizás sin prestarle demasiada atención, como dice el periodista David Brooks, haciendo una analogía con la mesa de los niños, de la que los mayores se mantienen alejados pero con oído avizor, porque de entre tanto culo, caca, pedo y pis surge alguna irreverencia necesaria. Porque, de vez en cuando, es saludable arrastrar al burgués por las aceras para el disfrute del populacho, resaltar la mediocridad y el individualismo del proletariado, relativizar nuestros éxitos o echar sal en la herida de nuestros fracasos. Es como una ventana en la habitación del pensamiento critico mesurado que, de tanto en cuanto, necesita ser abierta. Los fanáticos, sin embargo, no entienden nada de esto. Son antagonistas de la crítica y el revisionismo, incluso en sus formas más primitivas, porque funcionan por automatismos y arrastran un yugo anclado al cuello que no les deja ver más allá de sus zapatos.
Pero, ¿todo es susceptible de ser caricaturizado?. Los judíos en los campos de concentración, por ejemplo, o los musulmanes que murieron acribillados en Egipto durante la primavera árabe y que fueron objeto de la sátira de Charlie Hebdo, o gitanos, homosexuales e inmigrantes, colectivos que han sufrido el trazo de la revista francesa, en un momento en el que la extrema derecha resurge con fuerza en Europa.

Charlie Hebdo, ser o no ser, esa es la cuestión. Je suis Charlie, para los incondicionales que ven en los muertos a los últimos templarios caídos de la libertad de expresión, y Je no suis Charlie para los detractores que consideran a la revista, sin que ello constituya justificación para los asesinatos, parte de la maquinaria de opresión occidental.

De lo que estoy seguro es que los viñetistas asesinados no querrían que sus muertes sirvieran para alimentar el fanatismo filofascista en Francia. Porque, entre fanáticos religiosos y fanáticos políticos, el humor, la sátira, la caricatura. O la burla, el chascarrillo zafio y el malintencionado, se están convirtiendo en actividades de alto riesgo.

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Cosas que hacen que la vida valga la pena

Un gol en el último minuto, en fuera de juego y con la mano. Su espalda desnuda meciéndole el pelo. Una canción de Johnny Cash. Un cigarro y un güisqui con hielo. El viento de Tarifa. Sexo con amor. Sexo sin amor. El olor a hierba mojada. Un romance de verano. Una onza de chocolate. Dos onzas de chocolate. Tony Soprano y Walter White. Una fiesta con amigos. Una habitación vacía. Una ducha caliente después de hacer deporte. El abrazo de una manta en una noche de invierno. María Valverde. El dolor y el miedo. “A mi también me gustas”.

Un billete inesperado en el bolsillo de un pantalón, el cuerpo mojado de ella. Lentejas con arroz. Una cena en un buen restaurante. Una botella de vino. Unos labios húmedos de lágrimas. Recuperar una esperanza perdida. La música de sus tacones. El sonido de la lluvia rompiendo contra el cristal. Las primeras semanas de una relación. Romper cuando te pasas el día pensando en lo bonito que sería la vida sin ella estorbando en el camino. “Ya no te quiero”.

Un poema de Allan Poe. Un tatuaje marcando la piel. Llegar a la parada justo cuando aparece el autobús. Romperse la voz en el Carranza. Un pasodoble de Juan Carlos Aragón. Su sonrisa de alegría, su sonrisa de sorpresa, su sonrisa repentina. Su cintura, sus muslos, su culo, sus tetas, su cuello, sus piernas, su boca, su coño. Una película de Michael Mann. Un disparo de Scorsese. Un quejido de Camarón. La puerta de salida de un hospital. “Se va a recuperar”.

Un suspiro de alivio. Un lo siento y un ojalá. El atardecer en Cabo de San Vicente. El presente y el futuro que dejan atrás el pasado. La justicia divina del cazador cazado. Las manos esposadas de un maltratador. Los ojos orgullosos de una madre. Los andares de un pingüino. Un gemido y una gota de sudor. Un beso interminable. Una pipa de kifi en un tejado de Chefchaouen. Ni contigo ni sin ti. La llamada que llevas todo el día esperando. “Volveré para buscarte”.

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Gracias

Se cumplen algo más de dos meses del fallecimiento de mi padre. Ahora que ha pasado un tiempo, y aunque la ausencia continúa siendo profunda y dolorosa, puedo escribir de forma más serena unas palabras que tenía pendiente.

Gracias a las doctoras Inmaculada y Virginia por luchar durante 6 meses junto a mi padre contra la leucemia. Gracias por su trabajo, por su comprensión, por su cariño y por su esfuerzo.

Gracias a todo el equipo sanitario; médicos, enfermeros, auxiliares y celadores de la planta de hematología del Hospital Puerta del Mar de Cádiz y gracias a Encarna, la compañera de habitación de mi padre, por su inmenso cariño y generosidad y por sus pasteles, que nos endulzaron todos los días y todas las noches que pasamos pegados a una cama. Gracias a Manolo, su marido, al que la leucemia se lo llevó un mes antes que a mi padre. Su fortaleza y su buen ánimo fueron un ejemplo para nosotros. Por cierto, Manolo, tu Madrid se llevó la décima.

Gracias a los enfermeros de la sala de transfusiones de oncología y hematología. Pasábamos allí 15 horas a la semana mientras que a mi padre le transfundían las bolsas de sangre y plaquetas, o como él las llamaba, “el vino tinto y el caldo de puchero”.

Gracias a las voluntarias de la Asociación Española contra el Cáncer, que hacen compañía durante unas horas a enfermos y familiares, sacándoles una sonrisa a los que están hartos de llorar. Gracias por sus caramelos y por sus manos tendidas.

Gracias a la fundación Josep Carreras contra la Leucemia y muy especialmente a los dos voluntarios que de forma altruista iban a hacer una donación de médula para salvarle la vida a mi padre.

Gracias a mi hermana, por haber estado a mi lado. Porque ha sido mis hombros y mi espalda. Por haberme sujetado cuando estaba a punto de caer y por levantarme cuando caí.

Gracias a mi madre. Sin ella no hubiera podido afrontar todo esto. Su cobijo sigue siendo el mejor sitio en el que encontrar refugio cuando fuera arrecia el temporal.

Gracias a Melania, mi bastón y mi luz al final del túnel. Gracias por sus palabras que me susurraban esperanza al oído. Gracias por sus “te quiero” y sus “todo irá bien”. Gracias por ser mi amanecer en las noches más oscuras.

Gracias a los amigos, por sus ánimos y por hacerme pensar en otras cosas, al menos durante unas horas. Gracias por sacarme siempre una sonrisa.

Gracias a la sanidad pública por existir, a pesar de todo. A pesar de un gobierno de parásitos y psicópatas que están desmantelando la sanidad de todos para llenar los bolsillos de unos pocos. Ojalá se pudran en el infierno, con sus tarjetas negras y sus conciencias huecas.

Y sobre todo, gracias a ti, papá. Por no quejarte ni una sola vez, por no soltar ni una sola lágrima para no asustarnos, por hablarnos siempre de futuro, “cuando todo esto acabe”, incluso cuando ya sabías que todo esto no iba a terminar bien. Tu ejemplo, tu fortaleza y tu cariño ayudan a llenar el inmenso vacío que nos has dejado.

Te quiero, viejo.

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Merchera

Y resulta que el amor es una gitana de ojos verdes susurrándome al oído las verdades de sus miedos. Y a pesar de que arrecia temporal, de que las noches son oscuras de hollín y de cenizas, a pesar de que seremos huérfanos de lagrimas y de que el miedo aprieta fuerte la garganta, hicimos trinchera inexpugnable de aquél rincón que conquistamos una noche de primavera.

A resguardo de los fantasmas que rastrean nuestras pisadas, los días pasan y a veces duelen, y a veces muerden pero no sangran. Porque en el hueco de su cintura las vidas perras se hacen reposo al andar. Y aunque el tejado de esta casucha parece frágil a un quejido, su espalda que es ancha del peso de muertos y de asesinos, soporta guerrera y escudo en lanza los avisos de derribo. A pesar de las 1.000 batallas libradas con su sangre derramada, su mano es siempre mano tendida que espanta mi desazón. Y eso que el rencor galopa con derecho de pernada dispuesto a vomitar de mala saña las astillas de un corazón resabiado de latir. Pero blanco de pureza se reviste el verbo que es más que palabra sobre palabra, y es que el verso de su garganta es soneto canallesco de hembra con falda corta y sábanas desechas.

Fuerte, como el acero que recubre sus costillas a salvo de poetas de media tinta y dulce, como el rocío del alba que a su lado brilla más radiante. Amante, como la lluvia de una tormenta furibunda que se encama a bandazos con la tierra húmeda de sed. Y amada, de orillas deshabitadas y aguas profundas y vegetación frondosa como el azabache de su melena y caminos libres, dispuestos para el intrépido aventurero que se atreva a conquistar su espíritu indomable.

La chica que soñaba con alguien que le guardara las espaldas, esconde en una caja de madera y tres cerrojos todas las sonrisas que están por ser reídas, y uno, que sigue incansable las pisadas que su cintura quema sobre la arena, doblando luna tras las luna las curvas de su espalda, no imagina mejor destino que las risas de su cama.

Aunque sé que no todos los días serán de champán y fresas, que me corten la caballera si por un solo minuto dejo de quererte, “porque de nadie seré, solo de ti, hasta que mis huesos se vuelvan cenizas y mi corazón deje de latir”.

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