Archivo mensual: febrero 2011

Tabaco y humo

El último cigarrillo agoniza humeante en el cenicero. Mis pulmones terminan de absorver la décima dosis de nicotina del día y mis probabilidades de sufrir cáncer aumentan con cada calada. Es un suicido voluntario como otro cualquiera, solo que yo hoy no tengo ganas de morir aunque quizás no lo sepa.

Adoro ver el humo espacando de su boca, semiabierta, mirándome fijamente como si deseara que mis labios cerraran los suyos para no separarnos nunca. Los malos no serían tan malos si no apestaran a alcohol y nicotina y el jazz no suena igual desde que el tabaco no enturbia el ambiente.

Las 9 semanas no serían y media si Mickey Rourke no humedeciera las bragas de Kim Basinger con el rostro iluminado por la llama de una cerilla, y los bares cierran antes porque la barbie rubia de la barra ya no necesita fuego. Sabina no canta igual sin la nicotina jodiéndole la garganta y el caballo de Marlboro no volverá a relinchar jamás porque al vaquero le han probido cabalgar.

El olor fresco de su pelo y el aliento a zumo de su garganta han convertido a mi puta favorita en una princesa sin palacio y yo no tengo sangre azul porque por mis venas corre el negro del alquitrán. Y mi útlimo antro favorito de Madrid ya no apesta a libertad porque un grupo de políticos con el corazón ennegrecido por la droga venenosa del poder me han prohibido fumar.

Y a pesar de todo cada día pienso en dejarlo porque sin humos la vida sigue igual.

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Perdón Iria

Hace ya muchos años que dejé el colegio. Fue una época placentera que siempre recordaré con una sonrisa y un poco de nostalgia. A veces no estaría mal volver a ser un niño. Pero no para todo el mundo fue igual.

Iria era el blanco de nuestras burlas, eso a la que hoy llaman bullying y que para nosotros eran unas simples bromas, quizás inconscientes del dolor que le provocamos o quizás no. Quizás sabíamos lo que hacíamos, quizás queríamos hacerle sufrir, quizás no éramos inocentes y quizás estábamos deshumanizados ante el dolor ajeno.

Iria siempre fue una niña diferente. Era estudiosa y eso paradójicamente fue su peor enemigo para los que pensábamos que estudiar era cosa de estúpidos. Con el paso de los años se volvió más introvertida, pensando que si pasaba desapercibida no tendría que soportar más el dolor que muchos, entre ellos yo, le provocamos durante tanto tiempo. Pero la realidad es que para su desgracia y nuestro regocijo de niños mal criados, hasta el último día de colegio tuvo que soportar el peso de ser diferente.

Su mirada de terror nos animaba a causarle más dolor, pero desde hace ya doce años esos ojos llorosos que suplicaban clemencia me sacuden de vez en cuando la conciencia.

Cuando terminó el colegio perdimos el contacto con ella. Seguía viviendo en nuestro barrio, pero la edad nos hizo madurar y la burla se convirtió en indiferencia. Ahora no se que es peor. Iria fue al instituto y se transformó en una niña sombría, alicaída, viviendo en una permanente depresión de espíritu que le transformó en una persona hermética, incapaz de levantar la mirada. Hago un esfuerzo y no recuerdo haberla visto sonreír ni una sola vez.

Hace ya doce años que esa mirada atormentada me persigue. La última mirada que contempló Klara García, una chica encantadora de 16 años que murió en el 2000 en un oscuro descampado del pueblo, muy cerca de mi casa. Iria y una amiga le asestaron 18 puñaladas y cuando nos enteramos de la noticia todos los que un día le acusamos de ser diferente sentimos nuestra parte de culpabilidad.

Hace ya muchos años que dejé el colegio y hoy quiero pedirle perdón a Iria, porque quizás en el cuchillo de aquella chica estaba cargado todo el dolor y la frustración de sus ojos temerosos de niña inocente.

Klara García, descanse en paz.

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