Archivo mensual: septiembre 2011

Ruido de un cuento sin final feliz

Tanto ruido que la sordera es un deseo. Más ruido que la Gran Vía en pleno reinado del faraón de las cejas. Ruido que destroza las esperanzas de hoy y marchita las promesas de mañana. Las orejas bien abiertas para escuchar con atención las penas ajenas, mientras que el que llora por una vida de miseria nunca se pregunta cuánto de eso habrá en las entrañas del que le consuela.

Convertirse sin beberlo en un basurero por derecho, por el derecho que la confianza otorga a los que se creen en la postestad de vomitarte los miedos que les impiden respirar, sin pararse a pensar ni por un solo segundo que ya no me cabe más mierda. Que si los trapos sucios se lavan en casa y mi colada lleva semanas llena, ayúdame esta vez a tender la ropa en lugar de utilizar mi lavadora para aclararte el porvenir.

Mentira. No quiero estar aquí a cualquier hora del día o de la noche. Mentira, no voy a acudir a secarte las lágrimas cada vez que el dolor se apodere de ti, porque el sufrimiento es de caracter universal y nadie se ha presentado en mi puerta cuando me ha tocado a mi mojar la mejilla.

Los cuentos nunca tinen final feliz y quizás sea mejor así, porque el amor se transforma en un sentimiento rutinario, construido minuto tras minuto sobre los pilares del tedio y el aburrimiento, pero el dolor, bendito dolor, te golpea cuando menos lo esperas, en la boca del alma, recordándote que solo los vivos se caen y que una vida sin cicatrices nunca mereció ser vivida. El dolor también te levanta, te quiebra los sueños y te susurra con cara de mujer tu deber de poner un pie delante del otro, aún sabiendo que mañana volverás a morder el polvo.

Polvo soy y en polvo ya me he convertido y eso que Sabina me dijo un día, sin rayas en la mesa, que el cura que ha de darme la extremaunción no es todavía monaguillo.

Los siempre te querré no existen. Siempre es un eufemismo de pena, esa extraña pena, a medias verdad a medias mentira, que el general victorioso siente ante el derrotado, con la necesidad de honrar al que ha luchado aún sabiendo que la batalla hacía muchas noches que estaba perdida. Tantas como aquella última madrugada que me diijiste que me querías. Y te querré es un en eufemismo mayestático, donde los dos participan pero solo uno trabaja mientras que el otro se limita a asentir con la cabeza.

No hay mayor dolor que querer a alguien que quiere querer a otro, pero el mero hecho de pretender convertir eso es un delito imperdonable, es pretender cambiar el sentido mismo de la vida, un trayecto que aunque con idéntico final cada uno recorre con paso cambiado.

Dicen que la tinta es la sangre del que escribe derramada sobre el papel, que los mejores versos se han escrito con la herida todavía abierta y es que a fin de cuentas la felicidad no se desperdicia delante de un ordenador y unas cuentas letras.

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A medianoche

En la inmensidad infinita de la noche, el reloj se queda sin cuerda. El tiempo es un elemento fundamentalmente diurno que al caer el sol se difumina entre el blanco de las nubes. Los minutos no duran sesenta segundos y uno solo es espacio más que suficiente para reflexionar.

Cuando todos duermen, esos que nos resistimos a claudicar al sueño inconsciente, soñamos despiertos con la fuerza de los que tienen fe sin religión practicante ni becerros de oro.  Sin escapulario de deidades farsantes, añoro los recuerdos del pasado y acerco las esperanzas del futuro, hasta percatarme de que cualquier presente siempre fue imperfecto.

Te pienso en silencio, tumbado en la cama, con tu voz suplicandome piedad para la entrepierna mojada. Tu sexo y mi lengua son un matrimonio perfecto que se divorcia cada noche después de intercambiar algo más que palabras. Con el sabor todavía sacudiendo mi garganta, tus ojos vidriosos por el éxtasis me dan las buenas noches cerrando las piernas, como la puta de medianoche que se convierte en señora bajo las sábanas, todavía húmedas de sexo.

La lumbre del cigarro ilumina tu rostro dormido con cada calada de este veneno que me acorta los días. Pero ya no me importa, porque desde que la noche te coge de la mano para traerte hasta mi, el sol es una pesadilla de luz que quiero asesinar para siempre.

No te prometo palabras de amor, no te prometo dinero ni joyas, incluso el dolor será más habitual que la felicidad, pero la intensidad de la sonrisa bien valdrá la angustia de unas cuantas lágrimas derramadas. Solo te prometo el olor de una cama limpia para ensuciarla juntos cada noche.

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Escapar

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