Archivo mensual: noviembre 2012

Negro sobre negro en el camino

No he derramado ni una sola lágrima desde que el puente se derribó para siempre. Como el caminante lanceado que evita mirar atrás, para no tener que enfrentarse a las manchas de sangre que aun rezuman sus heridas, pongo un pie delante del otro, con los pasos oscuros y el único apoyo de un bastón desgastado que no es más que el recuerdo cada vez más difuso de los días que perdimos el miedo. Ahora que los terrores han vuelto, peleo con los puños cerrados, con la fragilidad de un boxeador novato que se enfrenta contra el destino que las malas decisiones le tenían reservado. Es un trayecto lleno de espinas, de baches, de piedras del tamaño de la soledad más solitaria, de desfiladeros a ninguna parte, de cascadas de agua helada, de fantasmas escondidos detrás de la maleza, de palabras inacabadas y de frases incompletas, de te quiero sin el quiero y de lo siento sin perdón. En ese inhóspito sendero de ausencia mal escogida, la luz al final de túnel parpadea, amenazando con el último fogonazo antes de la más absoluta oscuridad. A estas alturas del trayecto, con los pies agrietados por la arena y las piedras del camino, los ojos parecen cansados de tanto mirar, y eso que desde que ya no puede mirarte, el despertar de cada día es la cadena perpetua de los que quieren vivir la vida en sueño. La última esperanza del caminante herido son los trazos difusos de un mapa dibujado por los que todavía se oponen a mi destierro, los que se afanan en la construcción de un dique que me salve del último diluvio. Sin esperar otra cosa cambio que el vómito corrosivo de una tripa acorazada por el odio y el rencor mal digerido de las victorias frustradas, colocan una a una las piedras de las que será mi puerta hacia la libertad o mi último sepulcro, según de farruca venga la tormenta. Hace muchas millas que dejé de rezar, de adular a un Dios mentiroso que nunca parece estar saciado de plegarias, y como la última hostia bendecida ya está caducada, tendré que recurrir a tributos más terrenales para afrontar las deudas de mi calvario. Y que no son pocas, pero acepto el castigo por intoxicar las esperanzas con el veneno de la mentira, por quebrarte los huesos, por romperte los dientes cada vez que tu boca me suplicaba una tregua, por ponerte de rodillas y quebrar tu voluntad para no verte mi altura, por proclamarme dictador de tu destino hasta convertirte en una extraña ante el espejo. La tinta antidepresiva de 20 miligramos es testigo en papel del purgatorio por el que deambulan las almas negras de las conciencias manchadas. Dicen, los que ya han pasado por aquí, que la única salida está más allá del último rayo de sol. Si al caer la noche el sueño viene a conciliarse sin esperas de madrugada, el peso de la condena se diluye para siempre. Son las 4 de la mañana, el carcelero me observa en la penumbra. Quizás, otra noche será.

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