Archivo mensual: junio 2013

Sabiondos, un blog como otro cualquiera

Por si no hubiera suficientes blog de culturetas de media página, por si los usuarios no estuvieran ya cansados de leer tonterías de blogueros con ínfulas de escritor, he decido lanzar una bitácora de contenido histórico y curiosidades.

Teniendo en cuenta que se trata de un portal exento de pornografía, le auguro un futuro incierto en esto del internet. Pero si, entre teta y teta de rubia voluptuosa polioperada, queréis leer algo interesante y sin coste alguno más allá que un poco de vuestro tiempo, podéis daros una vuelta por Sabiondos. Yo y mi ego os lo agradecerán.

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Cádiz, salada claridad

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21 junio, 2013 · 20:56

Tarifa, verano 2013

Una decena de kilómetros antes de llegar, el paisaje te avisa de que ya estás cerca de Tarifa. En el último refugio de Occidente, el mar impone su dictadura sobra la tierra, haciéndose fuerte, poderoso e infinito, golpeando las laderas de unas montañas que siempre parecen estar a punto de sucumbir al fondo azul.

El reinado de la salada claridad y del viento de levante, de las velas cabalgando sobre el mar, de la vida con piel morena. Ya estoy otra vez aquí, como (casi) cada año. El pueblo sigue como siempre, y aunque los piratas del ladrillo le robaron parte de su encanto, la esencia de esta villa, surfista y marinera, permanece intacta.

Tan joven y tan vieja, las murallas del Rey Guzmán el Bueno nos han dado hoy los buenos días con un sol despampanante y un viento que hacía temblar las faldas de las visitantes. Los abuelos se sonríen cuando, alguna guiri poco acostumbrada a los vendavales, les alegra la mañana enseñando en un descuido las vergüenzas destapadas.

Para los que somos habituales del verano, Tarifa es un lugar para el recuerdo de los sentidos. El gusto de las pizzas de la Trattoria y los helados de ferrero rocher de La Golosa, el olor a menta de los mojitos del Taco Way, el tacto de la piel reseca por la salitre, el sonido de las olas rompiendo en la bajamar y la mirada infinita de la playa de Bolonia. Un anuario que no se lee, una colección de instantes, desde los días de la tierna infancia en los brazos de mi padre, hasta los tiempos donde alguna chica marcaba sus pasos junto a los míos. Momentos de inmenso regocijo y otros no tanto, y es que, a veces, la felicidad solo se reconoce por el ruido que hace al irse, que diría Jacques Prévert.

Ahora toca deshacer la maleta. El hippie y sus rastas interminables nos esperan en el bar. Ya se huele a hierbabuena. En el horizonte, diez días para morder Tarifa.

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Hasta siempre

Hay un poso de tristeza en una casa vacía. Cuando termina la mudanza y en un último vistazo los recuerdos patalean en la conciencia como si de un portazo se tratara. Y en una copa rota, el trago de vino que beberemos bajo este techo sabe a despedida, picada y amarga, con el regusto de esas que son para siempre.

He dicho tantas veces que me iba que cuesta creer que esta sea la definitiva. Aunque desde el día que llegué supe que llegaría un momento para irse, una pequeña parte de mi pensaba que la maleta podía esperar un día más, y otro, y otro.

A los 17 años puse tierra de por medio de mi casa, mi familia y mi gente. Ahora, 12 años después, regreso para ejercer de hijo de padre y de hijo de madre, para estar a la vera de unos viejos que han envejecido demasiado rápido. Hace tiempo que la vida les vino de frente y tanto revés traicionero les ha pasado factura.

Llegué a Gijón tiritando de frio y tan asturiano me voy que he paseado la playa de San Lorenzo con 10 grados en manga corta. En la despedida, no se llora por un lugar. La tierra es solo tierra en todas partes. La tristeza es la de dejar atrás a la gente que pisa este suelo.

De los que no me puedo despedir, por motivos que ya no importan, les deseo salud y suerte, a fin de cuentas lo que fuimos es lo que seremos y lo que soy, y lo que fuisteis también forma parte de mi. De los que me he despedido, ya lo saben todo, siempre serán la mejor excusa para volver.

Hasta siempre.

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