Archivo mensual: agosto 2013

Bajo las sábanas

Quiero dormir en el regazo de una cama de cuatro meses. Las sábanas se hacen coraza sobre mi piel, un muro de defensa infranqueable a salvo de los asaltantes de caminos. Cerrar los ojos y no despertar en muchas mañanas, que cuando el dolor venga a buscarme sus garras podridas de miedo me encuentren dormido, soñando con el sueño de no temerlas. Bajo mis sábanas todo parece blanco de pureza, en calma, ajeno a los coches que pitan los oídos, a los gritos de la gente que limitan mi paciencia, a la mierda de cada día que tragamos resignados como un problema sobrevenido que no tiene solución. Y aunque una parte de mí espera impaciente el abrazo de su espalda, hasta el pedazo más rebelde de mi razón sabe que mi espalda está huérfana de ella.

Desde la cabeza hasta los pies saboreo el tacto sedoso de las sábanas que se hacen reposo en mi cintura, como el descanso impaciente de la luna tras una noche de rayos y tormentas. La lluvia me recuerda que sigo vivo. Las gotas de agua que empapan mi pelo recorren el rostro calmando el ardor de mis heridas, hasta que saladas y calientes se mueren enfermas contra el suelo. Me gusta el sonido de la lluvia, como unos tambores de guerra desgastados de tanta batalla, un grupo de soldados al borde de la rendición, como si dos bandos enfrentados capitularon sin condiciones hartos de recoger cadáveres sin gloria más allá de la tumba. La lluvia rompe contra el cristal y entonces recuerdo que toda existencia es corta, y que si la felicidad apenas dura un instante, el olvido nunca debería ir más allá del último adiós.

Te miro sin verte, te miro y no sé quién eres y aunque haya encontrado en tus carencias pretexto de mi mal agüero, quizás sea yo el que ya no se reconoce ante el espejo. Bajo mis sábanas, víctimas y verdugos comparten cadalso. Dios aprieta y también ahoga y la soga que corteja mi cuello tiene ya encargado el anillo de pedida. Ella vestida de blanco y yo de negro funeral. Los pésames prefabricados son frases hechas de los mirones de tanatorio que depositan coronas tras el cristal donde ella me juró el último paseo. Quiero una lápida sin nombre en una fosa común y que nadie me traiga flores, y que nadie venga a visitarme. Solo quiero dormir durante meses y despertar cuando el dolor se haya cansado de hacer cola en mi velatorio.

Que no se asusten los temerosos que esto es solo literatura, una palabra detrás de la otra sin más sentido que la anterior. El libro de mi testamento es todavía arbusto de frondosa vegetación y el cura que ha de darme la extremaunción aún está inmaculado de pecados. Bajo mis sábanas todo parece relativo. Los días son de noche pero pronto amanecerá y será entonces cuando la pena deje de manchar de tinta el papel.
Cuando el sol radiante cubra mi duermevela, bienvenida será la esperanza.

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Somos lo que fuimos y no lo que seremos

Las mujeres que se mueren de hambre no lloran. Sus ojos son cuencos vacíos y resecos de vida y de agua, y en su vientre se gesta el próximo hambriento que nunca sabrá lo que es ahogar las penas. En el agujero más profundo de una aldea sin nombre, los muertos le sacan dos palmos de altura a sus flores, y los que prometieron rezar las tumbas para que la madeja no se tragara sus nombres, hicieron de las misas la orgía de un santo sepulcro. Y con las cenizas de todos mis huesos se hacen rayas de cocaína que arrojan al mar, porque en el fondo del océano las conciencias flotan pero no pesan. Mis hijos no me recuerdan porque su padre nunca fue motivo para hacer memoria. Carbón envuelto en papel de regalo y una nota de despedida manchada de blanco son mi único legado, y a cambio, por cada vela muerta de cera, tejieron un nudo en la soga de mi horca. No soy perfecto, me miro el espejo y no me gusta lo que veo y escupo al cristal porque no tengo ni alma, ni vino, ni tiempo para vivir la vida que me ha tocado morir. Pero giro la cabeza y te veo a ti, a ti y a ti y mis culpas ya tienen sexo nombre y apellido y por supuesto nunca son los míos. La culpa es siempre en tercera persona porque ni siquiera tengo cojones de vomitarte la mierda a la cara. La respuesta es el mayor miedo de los cobardes.

Las mujeres que pasan hambre no ríen. Sus bocas son cuencos vacíos de luz y esperanza y su pecho no alberga motivo para abandonar la desdicha.
En el circo sin nombre del que me hice objeto de burla, los impasibles se baban sin piedad ante las monerías de un tigre deshuesado que ya apenas puede pasar por el aro. Soy un payaso con resaca abstemio de la risa, soy un domador alérgico al pelo de gato, soy un trapecista con miedo a las alturas, soy un director de pista enfrentando una sublevación. Dicen los que saben de reír y de llorar que el 70% de nuestra vida somos infelices y pese a todo, nos despertamos cada mañana con el convencimiento idealizado de que hoy va a ser un buen día, de que no hay mal que cien años dure, aunque ya mis lunas tengan arrugas de bicentenaria.

Las mujeres que se mueren de hambre no aman. Sus almas son cuencos vacíos de camas desechas y en su coño los amantes se pudren en la humedad contaminada de su entrepierna. Sus muslos, terreno árido, sus uñas ausentes de espalda, su pelo sin mano que le agarre, su cintura, ausente de una embestida y sus sábanas manchadas de nada. La conciencia se hace pequeña con el paso de los años, los días se apagan antes y las bombillas que alumbran nuestros remordimientos titilan desgastadas de tanto uso. Somos 80% agua y 20% nada, pero la mitad es amor y la otra mitad dolor y cuantos más amamos, mayor es el dolor causado. El amor es una balsa de aceite que ablanda la piel de los amantes para que después el desamor pueda desgarrar las cicatrices de los derrotados. Pobre de aquél que nunca brotó la sangre de los perdidos, porque la culpa del dolor es la expiación de los borrachos de mala conciencia. Y cuando tu piel se vuelva dura como un roble, levanta la bota de la cabeza de los que un día te quitaron la armadura, porque sin cadáver que enterrar, nadie merece la cadena perpetua de unas lágrimas de sangre que lloran los ojos de unos cuencos vacíos.

Soy un hombre inseguro del tamaño de su calzado porque los pies se hacen arcilla con cada pisada, soy el pañal empapado de un octogenario moribundo, soy el humo de las cenizas de una fosa común, soy el globo en busca de un alfiler, soy la última mentira de un blasfemo. Y mis manos son de barro sin cocer y mis dientes afilados devoran sin piedad las vísceras de mis entrañas y con el rojo de la sangre, se cubren de colorete las vergüenzas de mi rostro.
A veces pienso lo que digo y a veces digo la verdad y a veces, solo a veces, duermo la pesadilla de no poder soñar.

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Espérame en tu funeral

Iba a decirte un piropillo. Iba a decirte lo guapa que estás, que tres mil años de historia no pasan por tu piel morena, que las caricias del levante y los azotes de la sal marina no han hecho mella en tu rostro, que los siete mares siguen postrándose ante ti. Iba a decirte que sigo prendado por tus huesos, pero lo cierto es que mis huesos ya no te beben los vientos. Ahora que he regresado, después de una década lejos de ti, te descubre dolorosa y marchita, abandonada en el rincón de tu mala suerte porque tus tetas resecas ya no dan más leches que mamar. Los hijos y los hijos de tus hijos doblan la esquina de Puerta Tierra para no volver jamás y por la calle Columela ya solo pasean los viejos que esperan a paso lento su sitio en el cementerio. Los novios que velaban por las faldas de tus desvergüenzas son ahora abuelos de los nietos que nunca pariste, y es que la frigidez de tu entrepierna fue demasiada penitencia para los hombres de tu porvenir. Las arrugas de tu cara son muescas de tu alma en pena que no camina, y tu legado, bendecido por los conquistadores que se postraron a tu pleamar, es ya tan solo historia de un libro polvoriento, perdido en la última estantería de un edifico en ruinas. Cádiz se mira al espejo y el espejo le cuenta mentiras. Le jura que sigue siendo la princesa prometida, que los reyes de medio mundo se blanden la espada por ella y luego llega febrero y los poetas de mala muerte le reviven la buena vida. Triste de ti vieja borracha, que te bebes hasta el último trago de las patrañas que te sirven carnavales, ahogando entre los cristales de una copa rota los fantasmas que te perturban el sueño. Triste de ti que las hojas secas del otoño se hacen reposo bajo tus pies, en la estación del último tren donde las vías hace tiempo que están huérfanas de pasajeros. No sé si Cádiz tiene remedio, no sé si los últimos descendientes de su estirpe debemos cumplir con la obligación de cuidar de nuestra madre enferma, pero yo renuncio a disgusto a mi condición de guarda de tu legado, porque ya me he cansado de matarme en el presente con las recuerdos de un glorioso pasado que fue sepultado en la tumba de los muertos que no revivirán jamás. Dentro de unas semanas seré otro inmigrante más de tu muralla. Avísame cuando te mueras, que las orquídeas de tu tumba ya florecen en mi jardín.

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