Archivo mensual: septiembre 2013

La decadencia de la prensa deportiva

poligrado

Sale Piqué a rueda de prensa sabedor de que al otro lado los periodistas le esperan con una bala en la recámara. Al central del Barça le toca sacar la pata del hoyo donde días antes se había calado hasta la cintura, cuando señaló a la banca pública madrileña como artífice y benefactora de los alardes económicos del Real Madrid. Lejos de amilanarse, el jugador culé, que tiene espaldas para cargar con unos cuantos muertos, optó por el balón largo de ataque directo en detrimento del tan manido señorío catalano menottista que tanto disfrutan en aquellos lares. Piqué cogió su fusil y pintó de rosa las entrañas de una prensa deportiva más preocupada por el jugo de los higadillos que por los tacos manchados de verde.

Para los que miramos a la prensa deportiva desde el corporativismo de los colegas que comparten edificio pero no planta, siempre fueron el hermano díscolo al que mirábamos por encima del hombre. Los gaceteros de la crónica política, en el cargo autoimpuesto de defensores de la pulcritud profesional, se niegan a repartirse la mesa con aquellos que han hecho de la ociosidad de mirar un partido de fútbol, carrera profesional.

Lejos quedan ya los referentes en blanco y negro que radiaban los requiebros de Di Stéfano desde un cuartucho oscuro en la última planta del Bernabéu, lejos queda ya la crónica juntaletras de foto fija donde todo lo que iba más allá del campo de juego importaba más bien poco. En los tiempos modernos de forofismo tribunero, la rigurosidad de la prensa deportiva se ha ido diluyendo como un azucarillo sumergido en la mala baba del bufandeo canchero, con los profesionales convertidos en algunos casos en voceros del discurso oficialista de un club, y en otros, en representantes del sectarismo aficionado que vomita el fondo sur, por mucho que quieren taparse la cara con las greñas pijofalutas, y la pluma, con fina prosa mundialista de tirantes.

Y entre los que barren la porquería de puertas para afuera y los que guardan la basura debajo de la cama, emerge poderosa la figura del aficionado cabreado que, hastiado de las doctrinas proselitistas de unos y otros, se tira al monte a librar la batalla por su cuenta con un blog y un micrófono casero. Y mucho ojo con los maquis que deambulan a la sombra de los grandes focos que cada vez son más los resabiados que están dispuestos a prestarles pan y oído.

Saca Piqué la pata del hoyo a costa de meter la cabeza de la prensa dentro del váter amarillista de su propia desvergüenza. Y para que quede certificado, que venga la poligrafista del Sálvame Deluxe.

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Maradonianos

maradona

Me gusta Maradona porque es un antihéroe. Un Superman abstemio de resaca, un Batman con las alas rotas, un Capitán América con el escudo corroído por la metralla. Aquél niño que creció en una villa de Lanús dando patadas a un balón sobre un lodazal de hambre y pobreza, soñando en el desvelo de los días tristes con un amanecer dorado en la Bombonera.

Me gusta Maradona porque es de traspiés fácil y piel rasgada en la carretera. Las rodillas se hacen postillas y las postillas cicatrices que ya no duelen pero recuerdan. Maradona recibe el balón al piso. Y por las Malvinas, y por la primera invasión y también por la segunda, y por José de San Martín y por Santiago de Liniers, los esbirros de una reina borracha caen abatidos ante el trote desbocado de una pelusa que se hace más grande en cada paso. La muchedumbre, rebosante de hedor patriótico, jalea al nuevo virrey de Argentina que ya por entonces nunca quiso llevar corona.

Me gusta Maradona porque rompió la cadera de Matthäus, esquivó las patadas de Hierro y se escabulló de las trampas de Sammer. Y pisó el balón con los tacos húmedos por el roció de la hierba. Y Zoff lo intentó, y también Buyo, Shilton y Galli, pero todos fracasaron. Al frente, Dios vestido de corto y a la espalda su castigo mecido en la red.

Me gusta Maradona porque pudo con los más grandes pero cayó ante lo más pequeños, y esta vez no era un balón si no una raya. Las culpas de los que un día le vistieron con el traje inmaculado de las deidades que nunca se equivocan son ahora reproches de altar quemado. Por la nariz se esnifa el mito con el pelo teñido de rubio.
Cuando muchos redactaban la última frase de su obituario, la vida, que no entiende de clases ni de justicia, le dio una nueva oportunidad. Ahora que no le debe vasallaje a los ladrones de la FIFA, Maradona habla de fútbol con el discurso bilioso y furibundo del barrabraba que nunca dejó de ser.

Me gusta Maradona porque es una contradicción en sí mismo. Un tipo que lleva tatuado a Fidel Castro en el gemelo y que viste la muñeca con un reloj de 10.000 dólares, un tipo de palabra comunista y de obra liberal, un yonki que juega un partido contra las drogas.

Me gusta Maradona y a quienes no, que la chupen, que la sigan chupando.

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