Catarsis

Y resultó que las perdices eran de digestión pesada y que nunca más fueron felices para siempre. Y eso que él se afanaba con los tonos azulados y ella parecía estar dispuesta a hacerle un hueco en el sillón del trono. Los correveidiles de palacio que graznaban los pájaros de mal agüero, brindan ahora con miseria por las lágrimas derramadas de los amantes rotos.

Él, de corona de plástico y entrañas de hierro, parido en renombre de cuna y católico de mala fe. Ególatra irreverente con espejos de siete metros que le regalan los oídos, devoto de las causas pérdidas que nunca llegaron a nada, con un escudo de grosor impenetrable fundido con el metal de todas sus decepciones. Hiriente con sal para sus heridas pero fiel hasta cuando el cañón humeante amenaza con jalar el gatillo.

Ella, apóstata de los rediles que siguen las masas, pastora de oveja con los caninos afilados, de mil aristas y un millón de contradicciones. Una carcajada ahogada que no logra escapar, la resta de la suma de una multiplicación en dividendos, un ombligo vergonzoso de visitas. Más que el verbo y la palabra, de falda corta y lengua ligera, incorregible y a veces intratable, pasional y apasionante. Líder de una revolución sin más doctrinas que las huellas de su camino, un soldado sublevando los galones de un general.

A pesar de que ambos le hubieran contado juntos las canas a los años, al final los años fueron lastre que hicieron cemento de sus pies. Más allá del filo de su cama todo era ruindad , pero los gemidos que se juraron debajo de las sábanas bien mereció la pena malvivir entre ruinas. Él quiso ser tantas cosas que nunca fue, que ella ya no era capaz de reconocer a aquél plebeyo con hechuras de cortesanos, que juró tantas mentiras que su verdad se hizo estéril y sus propósitos de enmienda, despropósitos remendados. Tanta piel desgarró con su lengua incontenible que ahora recibe a litros dosis de cicuta de su propia medicina.

Harta de ser la viuda dolosa de todos los funerales, harta de poner mejilla sobre mejilla, la reina se cobra venganza por todos sus muertos. Golpea fajando en la boca, el pecho y el estómago. Con saña y sin piedad, exhala en cada golpe el jugo que cicatriza sus llagas, y en el suelo, el pasado que siempre se creyó futuro, languidece en un charco de sangre roja de olvido.

Para él, la venganza ya es plato podrido que no está dispuesto a servir, y con el alma partida y un par de costillas rotas, balbucea el epitafio de un cuento por el que siempre mereció la pena morir: “Dios salve a la reina”.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Personal

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s