Archivo mensual: enero 2014

¿Podemos?

Pablo Iglesias es una de esas scooter nueva, joven y moderna, de un rojo brillante y reluciente que intenta adelantar por la izquierda al camión del Partido Socialista cada vez que la realpolitik le pega un volantazo a la diestra.

Con nombre y apellidos que parecen marcar el destino, con aspecto de nazareno “greñudo” en plena escalada del monte de los olivos, con un discurso revitalizante del progresismo de nuevas cunas, Iglesias ha conseguido llamar la atención de un sector importante de la izquierda que siempre está disconforme y que cuando está conforme se “incorforma” por si acaso.

La izquierda es un adolescente de 16 años que pierde el tiempo masturbándose con las miradas furtivas a la chica de sus sueños pero que nunca se arma de valor para pedirle una cita. La izquierda es un cantautor de melodías de seducción que enamora pero no encama, y en esas que surge cada cierto tiempo un arúspice de las sábanas mojadas por las entrepiernas de ellas. Cabe recordar que al rebufo de la izquierda tradicional y oligopólica han derrapado antes otros casanovas de las camas desechas. Equo se veía con medio pie en el altar cuando la novia salió huyendo e Izquierda Anticapitalista ni siquiera tuvo una primera cita.

Aunque juntos la victoria sería tangible, son muchos los “tovarich” que han abandonado por inalcanzable la utopía de una izquierda cohesionada en torno a un mismo discurso, sin batallas internas ni luchas de egos entre guevaras barbilampiños. Acepto por tanto de mala gana la dispersión como estrategia de batalla, pero que no cuenten conmigo para fusilero de primer batallón porque no estoy dispuesto a morir por el dogma de una sola firma.

Con las enaguas remangadas daré justo regazo a los soldados heridos en el frente mientras sigo fantaseando con la utopía inalcanzable de una izquierda con una sola voz y una sola firma, capaz de condensar la indignación y las propuestas del crisol de movimientos ciudadanos paridos al desamparo de la crisis.

Pese a todo, espero que los méritos de Pablo Iglesias no sean productos perecederos surgidos de entre los rebuznos de Paco Marhuenda, espero y deseo que sea mucho más que un plató de televisión, mucho más que 14 matrículas de honor y mucho más que unas cuantas citas apostilladas de Bertolt Brecht. Y aunque aún no veo en su figura el renacimiento quijotesco de Alexis Tsipras, espero y deseo que Podemos, pueda.

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Ariel Sharón, el Comandante de los ojos vendados

La muerte de Ariel Sharón ha pillado con el pie cambiado a buena parte del planeta. A los que han vestido sus mejores galas para escribir el obituario, a los que lo han celebrado como una revancha personal y a los que ni siquiera sabían que aún siguiera vivo.

Filias y fobias aparte, el ex presidente de Israel es una de las figuras más importantes del último cuarto del siglo XX, el hombre que marcó un antes y un después en la relación del estado hebreo con el pueblo palestino. Militar de carrera, su nombre saltó a la primera línea internacional al consentir la masacre en 1982 de 2.500 palestinos a manos de las brigadas falangistas libanesas en los campos de refugiados de Sabra y Chatila, cooperación necesaria por la que nunca ha sido condenado a pesar de los intentos de sectores pro-palestinos y de diferentes organizaciones de defensa de los derechos humanos.

Enfangado ideológicamente en la ultra derecha sionista, Ariel Sharón alcanza la Presidencia del Gobierno en 2001 con un discurso belicista en contra de los acuerdos con la Autoridad Nacional Palestina. Su particular forma de entender la política le costó incluso algún desaire por parte de al administración estadounidense, principal aliado histórico y financiador del país y por ende de las estrategias criminales de estado impulsadas por Sharón. Entre ellas, los asesinatos selectivos de supuestos líderes de Hamás o la construcción del muro de Palestina, que aunque consiguió erradicar los ataques suicidas en territorio israelí también cercenó el futuro de los justos en Sodoma. Sin embargo, en 2005 da un giro radical a su política al ordenar el desalojo forzoso de los colonos judíos asentados en la Franja de Gaza, una decisión que le granjea la frontal oposición de los sectores más conservadores del país.

En 2006, Ariel Sharón abandona el partido del Likud en medio de un clima de tensiones internas para enrolarse en una nueva formación política tejida a su imagen y semejanza. Apenas unas semanas después, un infarto cerebral precipitó el final de la trayectoria política del Comandante con los ojos vendados, que será enterrado con honores de Jefe de Estado pero con la deshonra de haber contribuido activamente a la perpetuación de un conflicto que lleva su firma en demasiados muertos.

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