Archivo mensual: febrero 2014

Feliz San Valentín

No me gustan las parejas que hablan en segunda persona del plural como si fueran un solo ser fusionado por el petulante hedor de los enamorados que son uno. No me gusta que los amigos se echen novias porque los viernes por la noche son ahora reunión en petit comité de solteros hablando de porno. No me gusta ir a cenar con parejas porque el azúcar que rezuman sus platos compartidos me empalagan el postre de una sola cucharilla. No me gusta que mi madre me atormente con los santos que me acechan con sus vestidos a medio tejer. No me gusta la obligación de llevarme bien con ella porque ahora sea parte de él, aunque ella me parezca una zorra guardiana y él una gallina a punto de caldo. No me gustan las ex novias porque ahora son de otros. No me gusta la gente que habla de sus suegras como si fueran algo más que las madres de sus novios. No me gustan los amigos calzonazos de una falda y no me gustan los amigos que abroncan a sus novias para hacerse creer que son ellas las faldonas de sus calzones. No me gustan las amigas de sus novias porque son un grupo de harpías al acecho de un cuchicheo, porque me saludan como si fuera la obligación de malgastar dos besos. No me gustan las parejas que se erigen en cupidos de mi soledad escogida, como si la única religión fuera la de vivir en dos y ellos los profetas elegidos para evangelizar mi apostasía. No me gusta que su boca no me muerda, no me gusta que sus ojos no me alumbren el porvenir, que sus manos no se hagan reposo en mi barbilla, que su cintura no me jure la promesa de sus camas, que su cuello sea mordiente de los otros, que sus vientos sean abstemios de mi. No me gusta que el levante de Bolonia no se baile en su melena, no me gusta que la Viña no le cante carnavales, no me gusta que su ombligo no se bañe con la luna, no me gusta que Gardel no vuelva más por ti. No me gusta la mujer de mis sueños porque me despierto enamorada de ella y giró la cabeza y nunca está ahí. No me gusta echarte de menos, fulana de ojos negros.

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Los lúmpenes de Pablo Iglesias

Todo iba bien. Los auditorios estaban llenos de ciudadanos dispuestos a dejarse empapar por el discurso, la presencia en las grandes medios de comunicación era cada vez más frecuente e incluso parecía que los posibles de Podemos y el comunismo chic de Alberto Garzón tendían hacia un punto de convergencia.

Todo iba a bien hasta que a Pablo Iglesias se le ocurrió abrir la boca para peritar a las clases sociales más bajas como lo haría un burgués de la clase social más alta. A Pablo Iglesias, el lumpemproletariado que decía Marx le huele tan mal como al cacique el sudor del jornalero del campo, y claro, semejante confesión en el seno de la izquierda preciosista ha sentado como una patada en el estómago.

Poco importa la larga tradición de Pablo Iglesias en el activismo ciudadano, fuera y dentro de la universidad, a través de medios de comunicación autogestionados, porque la verborrea altiva y condescendiente de su disculpa ha infectado la herida del disparo que en un descuido se pegó en el pie. Desde el día de autos, la militancia subversiva de izquierda que pulula por las redes sociales ha convertido en calvario la semana de pasión del nazareno greñudo del Puente de Vallecas. Por enésima vez, esa militancia de izquierda vuelve a poner en práctica la tradición autodestructiva que tantos proyectos ha cercenado en el pasado, incapaz de identificar al enemigo en trinchera ajena e incapaz de resolver los problemas internos con una zurra en el regazo de mamá.

Quizás sea porque los radicales del integrismo racional interpretan el pensamiento crítico como la obligación de criticar o quizás sea por la deformación profesional revolucionaria de tener siempre un muerto recién matado. Sea como fuere, mientras la derecha cierra filas en torno a los despidos en diferido simulado, a este lado del río los desmadres se pagan a precio de cadalso y en plaza pública, para que los futuribles candidatos a salvapatria se enteren de que va la vaina.

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