Archivo mensual: marzo 2014

De miedos

La felicidad es no tener miedo a qué pasará mañana. Dormir tranquilo cada noche sabiendo que al día siguiente los ojos no dolerán agua salada. Decía aquél, que de desconsuelo y heridas tenia marcado el alma y la piel, que el miedo es la salvaguarda de la razón de los hombres que un día eligieron quedarse quietos porque el salto parecía de caída segura. Y a pesar de que al otro lado la tierra era de verdes pastos, a resguardo de la tentación de la muerte, el secarral que pisaban sus huellas parecía río de hondo caudal. El miedo es el sentimiento atávico a perder lo mas valioso, por eso, los desheredados de la tierra y de la vida se juegan el pellejo cruzando desiertos que velan sus muertes y aguas heladas que son cementerios de mil valientes. A este lado del mundo, digamos que hablo de a su lado, el sudor es menos frio porque sus manos se hacen reposo que ahuyentan los fantasmas que me asustan el porvenir. En estos días de hollín y ceniza, la fortuna de transitar el camino del miedo con su aliento guardando mi nuca, se hace bálsamo para unos pies desollados por el dolor y la rabia. Ahora que los pasillos son blancos de impureza y las salas son de espera, que su rostro se marchita y que su vida se me escapa, el tacto de la voz de ella jurándome promesas al oído es el único consuelo para seguir forjándome el costado en una batalla perdida. Algunos creerán que en esta orilla, donde la pesca es abundante y los quebraderos no levantan ni un palmo del suelo, el miedo se viste de Prada, pero la sangre es siempre sangre y se derrama y no entiende de clases ni condición. Hasta los hombres mas valientes, de esos que presumen de cicatrices ganadas al miedo, han hincado rodilla cuando al amanecer seguía siendo de noche. Las horas visten pies de plomo, que duelen pero no pasan, y en la fría luz del día el tiempo es ventolera de levante que encalla en la baja mar. Ahora que el pánico lleva mortaja del hombre que meció la cuna, el niño que allí se dormía no está dispuesto a dejar de golpear aunque sus puños se mueran de miedo.

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La soledad del hombre digno

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Tras muchos años echando sal en la herida, el alzheimer se ha cansado de destrozar su vida y la de su familia. Adolfo Suárez al fin ya descansa en paz y el hueco que deja en la política española es inversamente proporcional al peso que tuvo en la vida institucional del país tras dejar la presidencia del gobierno. Adolfo Suárez no fue un gran político, ni un gran estadista, ni siquiera fue un gran parlamentario. Suárez fue un patriota, en el sentido más digno y respetuoso de la palabra, que antepuso los intereses de la nación a los suyos, incluso después de que los enemigos, los propios y los ajenos, hicieran escarnio de sus debilidades. Suárez no se cobró los réditos de su presidencia en el consejo de administración de una gran empresa, ni se hizo comisionista de las guerras del petróleo o el tráfico de armas, ni utilizó su condición de ex presidente para morder a sus sucesores, porque Suárez prefirió el retiro de la soledad de los hombres dignos que valen más por lo que callan que por lo que muerden. Se ha marchado en el peor momento, en una época en la que los representantes que hemos elegido padecer son impostores de aquellos otros que dejaron guardadas sus diferencias en el carné del partido, para zurcir un proyecto común que hoy se desgarra en cada puntada sin hilo. En estos días de funeral y capilla ardiente, muchos de aquellos que vieron en su cuello presa fácil para degollar, purgan sus pecados de conciencia haciendo penitencia en su proceso de beatificación. Sin embargo,cabe recordar para los inmunes a la desmemoria, que Suárez fue el padre de una democracia mal parida que consagró a los partidos políticos como únicos valedores legítimos de un sistema solo preocupado por los beneficios de sus puertas para adentro. Suárez no era un “tahúr del Misisipi” ni “regentaba la Moncloa como una güisquería”, tal y como dijo el hoy penitente Alfonso Guerra. Suárez fue el hombre elegido por el régimen para hacer que pareciera una democracia, que llegó a la presidencia con el ideario adoctrinado de un mastín del franquismo, pero que se marchó convencido de que el sistema de libertades era el único camino posible. El hombre al que hoy despedimos con honores de estado no fue el mejor presidente del gobierno, ni siquiera fue un buen presidente del gobierno, fue algo más importante, un hombre que hacía política con el horizonte del bien común en un país que caminaba por el alambre. Adolfo Suárez fue uno de esos políticos que ya no quedan, uno de esos políticos que hacen tanta falta.

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