Archivo mensual: enero 2015

Charlie Hebdo, ser o no ser.

La mayoría, que no los buenos ni los que tienen necesariamente la razón, coinciden en beatificar a los periodistas de Charlie Hebdo como los últimos martines de la libertad de expresión y la libertad de prensa. Es justo, se han ganado una lápida en el cementerio de los valientes y disentir de que una palabra, por muy tosca que sea, nunca merece ser acallada por una bala, es irracional e inhumano. Especialmente llamativo ha sido el apoyo casi unánime que ha recibido de la prensa estadounidense. De haberse editado allí, Charlie Hebdo hubiera sido acusada de incitar al odio y muy probablemente clausurada. Noam Chomsky dice que EE.UU es el país que más protege la libertad de expresión. Y es cierto, pero su conciencia luterana y remilgada es un escollo insalvable para los outsiders que pretenden ir más allá de lo políticamente correcto y lo tradicionalmente americano.

Sin embargo, a medida que han pasado las horas y las portadas de Charlie Hebdo (desconocidas, salvo las de Mahoma, para el público no francés) han sido difundidas, ha surgido una corriente discrepante con la santificación de los que a juicio de algunos, cruzaron de la provocación al insulto. Inmersos en una campaña occidental contra el terror que ha señalado al Islam como el nuevo enemigo común, las portadas de la revista, en las que se ridiculiza a los musulmanes como lúmpenes anclados a un dogma de fe susceptibles de la inmolación, es para algunos una interpretación  que coloca una diana a quienes ya tienen una pistola apuntándoles a la cabeza. Puede que la sátira de la revista francesa haya servido para estigmatizar aún más a ciertas minorías sociales ya de por si oprimidas. Y es aquí cuando la broma puede convertirse en burla y la carcajada en combustible para la maquinaria de la opresión. Quizás sea buen momento para reflexionar sobre los límites de la libertad de expresión cuando, en lugar de ser una herramienta de construcción masiva, se transforma en un conducto para verter la mancha que señala a esos que no son de los nuestros.

Es los países democráticos, y a riesgo de ser tachado de supremacista occidental, a este lado de la civilización, la sátira, la caricatura, el trazo gordo, son aceptados como la necesidad vital de que alguien diga por nosotros lo que pensamos pero no nos atrevemos a decir. Quizás sin prestarle demasiada atención, como dice el periodista David Brooks, haciendo una analogía con la mesa de los niños, de la que los mayores se mantienen alejados pero con oído avizor, porque de entre tanto culo, caca, pedo y pis surge alguna irreverencia necesaria. Porque, de vez en cuando, es saludable arrastrar al burgués por las aceras para el disfrute del populacho, resaltar la mediocridad y el individualismo del proletariado, relativizar nuestros éxitos o echar sal en la herida de nuestros fracasos. Es como una ventana en la habitación del pensamiento critico mesurado que, de tanto en cuanto, necesita ser abierta. Los fanáticos, sin embargo, no entienden nada de esto. Son antagonistas de la crítica y el revisionismo, incluso en sus formas más primitivas, porque funcionan por automatismos y arrastran un yugo anclado al cuello que no les deja ver más allá de sus zapatos.
Pero, ¿todo es susceptible de ser caricaturizado?. Los judíos en los campos de concentración, por ejemplo, o los musulmanes que murieron acribillados en Egipto durante la primavera árabe y que fueron objeto de la sátira de Charlie Hebdo, o gitanos, homosexuales e inmigrantes, colectivos que han sufrido el trazo de la revista francesa, en un momento en el que la extrema derecha resurge con fuerza en Europa.

Charlie Hebdo, ser o no ser, esa es la cuestión. Je suis Charlie, para los incondicionales que ven en los muertos a los últimos templarios caídos de la libertad de expresión, y Je no suis Charlie para los detractores que consideran a la revista, sin que ello constituya justificación para los asesinatos, parte de la maquinaria de opresión occidental.

De lo que estoy seguro es que los viñetistas asesinados no querrían que sus muertes sirvieran para alimentar el fanatismo filofascista en Francia. Porque, entre fanáticos religiosos y fanáticos políticos, el humor, la sátira, la caricatura. O la burla, el chascarrillo zafio y el malintencionado, se están convirtiendo en actividades de alto riesgo.

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