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Charlie Hebdo, ser o no ser.

La mayoría, que no los buenos ni los que tienen necesariamente la razón, coinciden en beatificar a los periodistas de Charlie Hebdo como los últimos martines de la libertad de expresión y la libertad de prensa. Es justo, se han ganado una lápida en el cementerio de los valientes y disentir de que una palabra, por muy tosca que sea, nunca merece ser acallada por una bala, es irracional e inhumano. Especialmente llamativo ha sido el apoyo casi unánime que ha recibido de la prensa estadounidense. De haberse editado allí, Charlie Hebdo hubiera sido acusada de incitar al odio y muy probablemente clausurada. Noam Chomsky dice que EE.UU es el país que más protege la libertad de expresión. Y es cierto, pero su conciencia luterana y remilgada es un escollo insalvable para los outsiders que pretenden ir más allá de lo políticamente correcto y lo tradicionalmente americano.

Sin embargo, a medida que han pasado las horas y las portadas de Charlie Hebdo (desconocidas, salvo las de Mahoma, para el público no francés) han sido difundidas, ha surgido una corriente discrepante con la santificación de los que a juicio de algunos, cruzaron de la provocación al insulto. Inmersos en una campaña occidental contra el terror que ha señalado al Islam como el nuevo enemigo común, las portadas de la revista, en las que se ridiculiza a los musulmanes como lúmpenes anclados a un dogma de fe susceptibles de la inmolación, es para algunos una interpretación  que coloca una diana a quienes ya tienen una pistola apuntándoles a la cabeza. Puede que la sátira de la revista francesa haya servido para estigmatizar aún más a ciertas minorías sociales ya de por si oprimidas. Y es aquí cuando la broma puede convertirse en burla y la carcajada en combustible para la maquinaria de la opresión. Quizás sea buen momento para reflexionar sobre los límites de la libertad de expresión cuando, en lugar de ser una herramienta de construcción masiva, se transforma en un conducto para verter la mancha que señala a esos que no son de los nuestros.

Es los países democráticos, y a riesgo de ser tachado de supremacista occidental, a este lado de la civilización, la sátira, la caricatura, el trazo gordo, son aceptados como la necesidad vital de que alguien diga por nosotros lo que pensamos pero no nos atrevemos a decir. Quizás sin prestarle demasiada atención, como dice el periodista David Brooks, haciendo una analogía con la mesa de los niños, de la que los mayores se mantienen alejados pero con oído avizor, porque de entre tanto culo, caca, pedo y pis surge alguna irreverencia necesaria. Porque, de vez en cuando, es saludable arrastrar al burgués por las aceras para el disfrute del populacho, resaltar la mediocridad y el individualismo del proletariado, relativizar nuestros éxitos o echar sal en la herida de nuestros fracasos. Es como una ventana en la habitación del pensamiento critico mesurado que, de tanto en cuanto, necesita ser abierta. Los fanáticos, sin embargo, no entienden nada de esto. Son antagonistas de la crítica y el revisionismo, incluso en sus formas más primitivas, porque funcionan por automatismos y arrastran un yugo anclado al cuello que no les deja ver más allá de sus zapatos.
Pero, ¿todo es susceptible de ser caricaturizado?. Los judíos en los campos de concentración, por ejemplo, o los musulmanes que murieron acribillados en Egipto durante la primavera árabe y que fueron objeto de la sátira de Charlie Hebdo, o gitanos, homosexuales e inmigrantes, colectivos que han sufrido el trazo de la revista francesa, en un momento en el que la extrema derecha resurge con fuerza en Europa.

Charlie Hebdo, ser o no ser, esa es la cuestión. Je suis Charlie, para los incondicionales que ven en los muertos a los últimos templarios caídos de la libertad de expresión, y Je no suis Charlie para los detractores que consideran a la revista, sin que ello constituya justificación para los asesinatos, parte de la maquinaria de opresión occidental.

De lo que estoy seguro es que los viñetistas asesinados no querrían que sus muertes sirvieran para alimentar el fanatismo filofascista en Francia. Porque, entre fanáticos religiosos y fanáticos políticos, el humor, la sátira, la caricatura. O la burla, el chascarrillo zafio y el malintencionado, se están convirtiendo en actividades de alto riesgo.

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La soledad del hombre digno

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Tras muchos años echando sal en la herida, el alzheimer se ha cansado de destrozar su vida y la de su familia. Adolfo Suárez al fin ya descansa en paz y el hueco que deja en la política española es inversamente proporcional al peso que tuvo en la vida institucional del país tras dejar la presidencia del gobierno. Adolfo Suárez no fue un gran político, ni un gran estadista, ni siquiera fue un gran parlamentario. Suárez fue un patriota, en el sentido más digno y respetuoso de la palabra, que antepuso los intereses de la nación a los suyos, incluso después de que los enemigos, los propios y los ajenos, hicieran escarnio de sus debilidades. Suárez no se cobró los réditos de su presidencia en el consejo de administración de una gran empresa, ni se hizo comisionista de las guerras del petróleo o el tráfico de armas, ni utilizó su condición de ex presidente para morder a sus sucesores, porque Suárez prefirió el retiro de la soledad de los hombres dignos que valen más por lo que callan que por lo que muerden. Se ha marchado en el peor momento, en una época en la que los representantes que hemos elegido padecer son impostores de aquellos otros que dejaron guardadas sus diferencias en el carné del partido, para zurcir un proyecto común que hoy se desgarra en cada puntada sin hilo. En estos días de funeral y capilla ardiente, muchos de aquellos que vieron en su cuello presa fácil para degollar, purgan sus pecados de conciencia haciendo penitencia en su proceso de beatificación. Sin embargo,cabe recordar para los inmunes a la desmemoria, que Suárez fue el padre de una democracia mal parida que consagró a los partidos políticos como únicos valedores legítimos de un sistema solo preocupado por los beneficios de sus puertas para adentro. Suárez no era un “tahúr del Misisipi” ni “regentaba la Moncloa como una güisquería”, tal y como dijo el hoy penitente Alfonso Guerra. Suárez fue el hombre elegido por el régimen para hacer que pareciera una democracia, que llegó a la presidencia con el ideario adoctrinado de un mastín del franquismo, pero que se marchó convencido de que el sistema de libertades era el único camino posible. El hombre al que hoy despedimos con honores de estado no fue el mejor presidente del gobierno, ni siquiera fue un buen presidente del gobierno, fue algo más importante, un hombre que hacía política con el horizonte del bien común en un país que caminaba por el alambre. Adolfo Suárez fue uno de esos políticos que ya no quedan, uno de esos políticos que hacen tanta falta.

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Los lúmpenes de Pablo Iglesias

Todo iba bien. Los auditorios estaban llenos de ciudadanos dispuestos a dejarse empapar por el discurso, la presencia en las grandes medios de comunicación era cada vez más frecuente e incluso parecía que los posibles de Podemos y el comunismo chic de Alberto Garzón tendían hacia un punto de convergencia.

Todo iba a bien hasta que a Pablo Iglesias se le ocurrió abrir la boca para peritar a las clases sociales más bajas como lo haría un burgués de la clase social más alta. A Pablo Iglesias, el lumpemproletariado que decía Marx le huele tan mal como al cacique el sudor del jornalero del campo, y claro, semejante confesión en el seno de la izquierda preciosista ha sentado como una patada en el estómago.

Poco importa la larga tradición de Pablo Iglesias en el activismo ciudadano, fuera y dentro de la universidad, a través de medios de comunicación autogestionados, porque la verborrea altiva y condescendiente de su disculpa ha infectado la herida del disparo que en un descuido se pegó en el pie. Desde el día de autos, la militancia subversiva de izquierda que pulula por las redes sociales ha convertido en calvario la semana de pasión del nazareno greñudo del Puente de Vallecas. Por enésima vez, esa militancia de izquierda vuelve a poner en práctica la tradición autodestructiva que tantos proyectos ha cercenado en el pasado, incapaz de identificar al enemigo en trinchera ajena e incapaz de resolver los problemas internos con una zurra en el regazo de mamá.

Quizás sea porque los radicales del integrismo racional interpretan el pensamiento crítico como la obligación de criticar o quizás sea por la deformación profesional revolucionaria de tener siempre un muerto recién matado. Sea como fuere, mientras la derecha cierra filas en torno a los despidos en diferido simulado, a este lado del río los desmadres se pagan a precio de cadalso y en plaza pública, para que los futuribles candidatos a salvapatria se enteren de que va la vaina.

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¿Podemos?

Pablo Iglesias es una de esas scooter nueva, joven y moderna, de un rojo brillante y reluciente que intenta adelantar por la izquierda al camión del Partido Socialista cada vez que la realpolitik le pega un volantazo a la diestra.

Con nombre y apellidos que parecen marcar el destino, con aspecto de nazareno “greñudo” en plena escalada del monte de los olivos, con un discurso revitalizante del progresismo de nuevas cunas, Iglesias ha conseguido llamar la atención de un sector importante de la izquierda que siempre está disconforme y que cuando está conforme se “incorforma” por si acaso.

La izquierda es un adolescente de 16 años que pierde el tiempo masturbándose con las miradas furtivas a la chica de sus sueños pero que nunca se arma de valor para pedirle una cita. La izquierda es un cantautor de melodías de seducción que enamora pero no encama, y en esas que surge cada cierto tiempo un arúspice de las sábanas mojadas por las entrepiernas de ellas. Cabe recordar que al rebufo de la izquierda tradicional y oligopólica han derrapado antes otros casanovas de las camas desechas. Equo se veía con medio pie en el altar cuando la novia salió huyendo e Izquierda Anticapitalista ni siquiera tuvo una primera cita.

Aunque juntos la victoria sería tangible, son muchos los “tovarich” que han abandonado por inalcanzable la utopía de una izquierda cohesionada en torno a un mismo discurso, sin batallas internas ni luchas de egos entre guevaras barbilampiños. Acepto por tanto de mala gana la dispersión como estrategia de batalla, pero que no cuenten conmigo para fusilero de primer batallón porque no estoy dispuesto a morir por el dogma de una sola firma.

Con las enaguas remangadas daré justo regazo a los soldados heridos en el frente mientras sigo fantaseando con la utopía inalcanzable de una izquierda con una sola voz y una sola firma, capaz de condensar la indignación y las propuestas del crisol de movimientos ciudadanos paridos al desamparo de la crisis.

Pese a todo, espero que los méritos de Pablo Iglesias no sean productos perecederos surgidos de entre los rebuznos de Paco Marhuenda, espero y deseo que sea mucho más que un plató de televisión, mucho más que 14 matrículas de honor y mucho más que unas cuantas citas apostilladas de Bertolt Brecht. Y aunque aún no veo en su figura el renacimiento quijotesco de Alexis Tsipras, espero y deseo que Podemos, pueda.

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Ariel Sharón, el Comandante de los ojos vendados

La muerte de Ariel Sharón ha pillado con el pie cambiado a buena parte del planeta. A los que han vestido sus mejores galas para escribir el obituario, a los que lo han celebrado como una revancha personal y a los que ni siquiera sabían que aún siguiera vivo.

Filias y fobias aparte, el ex presidente de Israel es una de las figuras más importantes del último cuarto del siglo XX, el hombre que marcó un antes y un después en la relación del estado hebreo con el pueblo palestino. Militar de carrera, su nombre saltó a la primera línea internacional al consentir la masacre en 1982 de 2.500 palestinos a manos de las brigadas falangistas libanesas en los campos de refugiados de Sabra y Chatila, cooperación necesaria por la que nunca ha sido condenado a pesar de los intentos de sectores pro-palestinos y de diferentes organizaciones de defensa de los derechos humanos.

Enfangado ideológicamente en la ultra derecha sionista, Ariel Sharón alcanza la Presidencia del Gobierno en 2001 con un discurso belicista en contra de los acuerdos con la Autoridad Nacional Palestina. Su particular forma de entender la política le costó incluso algún desaire por parte de al administración estadounidense, principal aliado histórico y financiador del país y por ende de las estrategias criminales de estado impulsadas por Sharón. Entre ellas, los asesinatos selectivos de supuestos líderes de Hamás o la construcción del muro de Palestina, que aunque consiguió erradicar los ataques suicidas en territorio israelí también cercenó el futuro de los justos en Sodoma. Sin embargo, en 2005 da un giro radical a su política al ordenar el desalojo forzoso de los colonos judíos asentados en la Franja de Gaza, una decisión que le granjea la frontal oposición de los sectores más conservadores del país.

En 2006, Ariel Sharón abandona el partido del Likud en medio de un clima de tensiones internas para enrolarse en una nueva formación política tejida a su imagen y semejanza. Apenas unas semanas después, un infarto cerebral precipitó el final de la trayectoria política del Comandante con los ojos vendados, que será enterrado con honores de Jefe de Estado pero con la deshonra de haber contribuido activamente a la perpetuación de un conflicto que lleva su firma en demasiados muertos.

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