De miedos

La felicidad es no tener miedo a qué pasará mañana. Dormir tranquilo cada noche sabiendo que al día siguiente los ojos no dolerán agua salada. Decía aquél, que de desconsuelo y heridas tenia marcado el alma y la piel, que el miedo es la salvaguarda de la razón de los hombres que un día eligieron quedarse quietos porque el salto parecía de caída segura. Y a pesar de que al otro lado la tierra era de verdes pastos, a resguardo de la tentación de la muerte, el secarral que pisaban sus huellas parecía río de hondo caudal. El miedo es el sentimiento atávico a perder lo mas valioso, por eso, los desheredados de la tierra y de la vida se juegan el pellejo cruzando desiertos que velan sus muertes y aguas heladas que son cementerios de mil valientes. A este lado del mundo, digamos que hablo de a su lado, el sudor es menos frio porque sus manos se hacen reposo que ahuyentan los fantasmas que me asustan el porvenir. En estos días de hollín y ceniza, la fortuna de transitar el camino del miedo con su aliento guardando mi nuca, se hace bálsamo para unos pies desollados por el dolor y la rabia. Ahora que los pasillos son blancos de impureza y las salas son de espera, que su rostro se marchita y que su vida se me escapa, el tacto de la voz de ella jurándome promesas al oído es el único consuelo para seguir forjándome el costado en una batalla perdida. Algunos creerán que en esta orilla, donde la pesca es abundante y los quebraderos no levantan ni un palmo del suelo, el miedo se viste de Prada, pero la sangre es siempre sangre y se derrama y no entiende de clases ni condición. Hasta los hombres mas valientes, de esos que presumen de cicatrices ganadas al miedo, han hincado rodilla cuando al amanecer seguía siendo de noche. Las horas visten pies de plomo, que duelen pero no pasan, y en la fría luz del día el tiempo es ventolera de levante que encalla en la baja mar. Ahora que el pánico lleva mortaja del hombre que meció la cuna, el niño que allí se dormía no está dispuesto a dejar de golpear aunque sus puños se mueran de miedo.

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La soledad del hombre digno

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Tras muchos años echando sal en la herida, el alzheimer se ha cansado de destrozar su vida y la de su familia. Adolfo Suárez al fin ya descansa en paz y el hueco que deja en la política española es inversamente proporcional al peso que tuvo en la vida institucional del país tras dejar la presidencia del gobierno. Adolfo Suárez no fue un gran político, ni un gran estadista, ni siquiera fue un gran parlamentario. Suárez fue un patriota, en el sentido más digno y respetuoso de la palabra, que antepuso los intereses de la nación a los suyos, incluso después de que los enemigos, los propios y los ajenos, hicieran escarnio de sus debilidades. Suárez no se cobró los réditos de su presidencia en el consejo de administración de una gran empresa, ni se hizo comisionista de las guerras del petróleo o el tráfico de armas, ni utilizó su condición de ex presidente para morder a sus sucesores, porque Suárez prefirió el retiro de la soledad de los hombres dignos que valen más por lo que callan que por lo que muerden. Se ha marchado en el peor momento, en una época en la que los representantes que hemos elegido padecer son impostores de aquellos otros que dejaron guardadas sus diferencias en el carné del partido, para zurcir un proyecto común que hoy se desgarra en cada puntada sin hilo. En estos días de funeral y capilla ardiente, muchos de aquellos que vieron en su cuello presa fácil para degollar, purgan sus pecados de conciencia haciendo penitencia en su proceso de beatificación. Sin embargo,cabe recordar para los inmunes a la desmemoria, que Suárez fue el padre de una democracia mal parida que consagró a los partidos políticos como únicos valedores legítimos de un sistema solo preocupado por los beneficios de sus puertas para adentro. Suárez no era un “tahúr del Misisipi” ni “regentaba la Moncloa como una güisquería”, tal y como dijo el hoy penitente Alfonso Guerra. Suárez fue el hombre elegido por el régimen para hacer que pareciera una democracia, que llegó a la presidencia con el ideario adoctrinado de un mastín del franquismo, pero que se marchó convencido de que el sistema de libertades era el único camino posible. El hombre al que hoy despedimos con honores de estado no fue el mejor presidente del gobierno, ni siquiera fue un buen presidente del gobierno, fue algo más importante, un hombre que hacía política con el horizonte del bien común en un país que caminaba por el alambre. Adolfo Suárez fue uno de esos políticos que ya no quedan, uno de esos políticos que hacen tanta falta.

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Feliz San Valentín

No me gustan las parejas que hablan en segunda persona del plural como si fueran un solo ser fusionado por el petulante hedor de los enamorados que son uno. No me gusta que los amigos se echen novias porque los viernes por la noche son ahora reunión en petit comité de solteros hablando de porno. No me gusta ir a cenar con parejas porque el azúcar que rezuman sus platos compartidos me empalagan el postre de una sola cucharilla. No me gusta que mi madre me atormente con los santos que me acechan con sus vestidos a medio tejer. No me gusta la obligación de llevarme bien con ella porque ahora sea parte de él, aunque ella me parezca una zorra guardiana y él una gallina a punto de caldo. No me gustan las ex novias porque ahora son de otros. No me gusta la gente que habla de sus suegras como si fueran algo más que las madres de sus novios. No me gustan los amigos calzonazos de una falda y no me gustan los amigos que abroncan a sus novias para hacerse creer que son ellas las faldonas de sus calzones. No me gustan las amigas de sus novias porque son un grupo de harpías al acecho de un cuchicheo, porque me saludan como si fuera la obligación de malgastar dos besos. No me gustan las parejas que se erigen en cupidos de mi soledad escogida, como si la única religión fuera la de vivir en dos y ellos los profetas elegidos para evangelizar mi apostasía. No me gusta que su boca no me muerda, no me gusta que sus ojos no me alumbren el porvenir, que sus manos no se hagan reposo en mi barbilla, que su cintura no me jure la promesa de sus camas, que su cuello sea mordiente de los otros, que sus vientos sean abstemios de mi. No me gusta que el levante de Bolonia no se baile en su melena, no me gusta que la Viña no le cante carnavales, no me gusta que su ombligo no se bañe con la luna, no me gusta que Gardel no vuelva más por ti. No me gusta la mujer de mis sueños porque me despierto enamorada de ella y giró la cabeza y nunca está ahí. No me gusta echarte de menos, fulana de ojos negros.

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Los lúmpenes de Pablo Iglesias

Todo iba bien. Los auditorios estaban llenos de ciudadanos dispuestos a dejarse empapar por el discurso, la presencia en las grandes medios de comunicación era cada vez más frecuente e incluso parecía que los posibles de Podemos y el comunismo chic de Alberto Garzón tendían hacia un punto de convergencia.

Todo iba a bien hasta que a Pablo Iglesias se le ocurrió abrir la boca para peritar a las clases sociales más bajas como lo haría un burgués de la clase social más alta. A Pablo Iglesias, el lumpemproletariado que decía Marx le huele tan mal como al cacique el sudor del jornalero del campo, y claro, semejante confesión en el seno de la izquierda preciosista ha sentado como una patada en el estómago.

Poco importa la larga tradición de Pablo Iglesias en el activismo ciudadano, fuera y dentro de la universidad, a través de medios de comunicación autogestionados, porque la verborrea altiva y condescendiente de su disculpa ha infectado la herida del disparo que en un descuido se pegó en el pie. Desde el día de autos, la militancia subversiva de izquierda que pulula por las redes sociales ha convertido en calvario la semana de pasión del nazareno greñudo del Puente de Vallecas. Por enésima vez, esa militancia de izquierda vuelve a poner en práctica la tradición autodestructiva que tantos proyectos ha cercenado en el pasado, incapaz de identificar al enemigo en trinchera ajena e incapaz de resolver los problemas internos con una zurra en el regazo de mamá.

Quizás sea porque los radicales del integrismo racional interpretan el pensamiento crítico como la obligación de criticar o quizás sea por la deformación profesional revolucionaria de tener siempre un muerto recién matado. Sea como fuere, mientras la derecha cierra filas en torno a los despidos en diferido simulado, a este lado del río los desmadres se pagan a precio de cadalso y en plaza pública, para que los futuribles candidatos a salvapatria se enteren de que va la vaina.

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¿Podemos?

Pablo Iglesias es una de esas scooter nueva, joven y moderna, de un rojo brillante y reluciente que intenta adelantar por la izquierda al camión del Partido Socialista cada vez que la realpolitik le pega un volantazo a la diestra.

Con nombre y apellidos que parecen marcar el destino, con aspecto de nazareno “greñudo” en plena escalada del monte de los olivos, con un discurso revitalizante del progresismo de nuevas cunas, Iglesias ha conseguido llamar la atención de un sector importante de la izquierda que siempre está disconforme y que cuando está conforme se “incorforma” por si acaso.

La izquierda es un adolescente de 16 años que pierde el tiempo masturbándose con las miradas furtivas a la chica de sus sueños pero que nunca se arma de valor para pedirle una cita. La izquierda es un cantautor de melodías de seducción que enamora pero no encama, y en esas que surge cada cierto tiempo un arúspice de las sábanas mojadas por las entrepiernas de ellas. Cabe recordar que al rebufo de la izquierda tradicional y oligopólica han derrapado antes otros casanovas de las camas desechas. Equo se veía con medio pie en el altar cuando la novia salió huyendo e Izquierda Anticapitalista ni siquiera tuvo una primera cita.

Aunque juntos la victoria sería tangible, son muchos los “tovarich” que han abandonado por inalcanzable la utopía de una izquierda cohesionada en torno a un mismo discurso, sin batallas internas ni luchas de egos entre guevaras barbilampiños. Acepto por tanto de mala gana la dispersión como estrategia de batalla, pero que no cuenten conmigo para fusilero de primer batallón porque no estoy dispuesto a morir por el dogma de una sola firma.

Con las enaguas remangadas daré justo regazo a los soldados heridos en el frente mientras sigo fantaseando con la utopía inalcanzable de una izquierda con una sola voz y una sola firma, capaz de condensar la indignación y las propuestas del crisol de movimientos ciudadanos paridos al desamparo de la crisis.

Pese a todo, espero que los méritos de Pablo Iglesias no sean productos perecederos surgidos de entre los rebuznos de Paco Marhuenda, espero y deseo que sea mucho más que un plató de televisión, mucho más que 14 matrículas de honor y mucho más que unas cuantas citas apostilladas de Bertolt Brecht. Y aunque aún no veo en su figura el renacimiento quijotesco de Alexis Tsipras, espero y deseo que Podemos, pueda.

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